28 de septiembre de 2010

LA MAQUINA DE HUESOS

Cosme tiene apenas 13 años y cada noche, después de jugar en la vereda con sus amigos, se sienta en la escalera del palier del sexto piso y escucha. Solamente escucha.
Voces, gemidos, golpes, silencio. Ese silencio que a veces lo aturde.

Si sube a su casa ni siquiera la cena está preparada. Su padre no llega hasta bien tarde, si es que llega, y a veces piensa que ya ni se acuerda de su cara. Y en la tele dan siempre la misma bazofia. Así que no hay mejor momento para él que quedarse un tiempo allí, en penumbras, tratando de interpretar lo que ocurre detrás de ésa puerta. Ahí vive Jacques, y te aseguro que el tipo es un ermitaño y un pedazo de bosta. Pero en ese monoambiente siempre está pasando algo; eso está claro. Y la curiosidad pre-adolescente es más estúpida que la vida misma; está siempre encendida; cualquier combustible prende la prodigiosa mecha.

Una noche escuchó los gritos de una mujer; se asustó. Otras veces directamente no se escuchaba nada, sólo ese silencio que aceleraba su imaginación. Durante el verano pasado, se oían claramente conversaciones muy interesantes sobre sexo; de hecho allí fue cuando Cosme escuchó por primera vez palabras como "esperma" o "sadomasoquista". Y hace justo un mes, vio como salía un líquido realmente raro por debajo de la puerta.
Pero ayer, cuando no se lo esperaba, se topó cara a cara con el mismísimo Jacques saliendo del apartamento. Y sintió terror. Era algo que podía ocurrir en cualquier momento.
- Que hacés acá pendejo? Me estás espiando? Le espetó Jacques en la cara sin miramientos.
Cosme miró para abajo y le dijo que estaba subiendo a la terraza y sólo se había detenido a descansar.
La cosa quedó en eso. No fue ni siquiera una conversación. Jamás Cosme respiró un aire tan espeso. Tragó saliva y se arrepintió profundamente por exponerse tanto a ése ogro desconocido.

Pero había algo que al chico le llamaba la atención más que nada en el mundo. Era esa música extraña y somnolienta que perforaba las paredes. Canciones que parecían todas iguales siendo perfectamente distintas. Melodías con una voz única y vidriosa. Villancicos de ultratumba.
Para el imaginario de un pibe de esa edad, el que cantaba era un monstruo. O algo así.
Y siempre pensó, por alguna razón, que ésa era la voz de Jacques. Error.

Cosme ya frecuentaba cada vez menos la escalinata. Sospechaba que la tonta de su hermana mayor lo había visto y que en cualquier momento lo delataría con su madre. Sentía una amenaza permanente. Era difícil justificar el paso por el sexto piso cuando él vivía en el quinto.
Y aún cuando todos sabían que Cosme fumaba a escondidas, él no era tan idiota como para hacerlo en la terraza, sin tiempo de ventilar su suéter del olor a tabaco.

Había noches donde directamente no podía conciliar el sueño; sentía que esa voz le retumbaba en la cabeza. Seriamente se preguntaba si estaba siendo poseído por algún extraño demonio. La voz vidriosa, carraspeada, le sacudía los huesos. Y seguía pensando que era el maldito Jacques quien entonaba esas horrendas y escalofriantes canciones. Eran, otra vez, los villancicos de ultratumba.
Tuvo sueños realmente pesados, en los que tomaba un hacha, destruía la puerta de Jacques y despedazaba el apartamento entero hasta que no quedaba nada en pie.

Una tarde de sábado se encontró con un enorme camión en la puerta del edificio y vio a Jacques dando indicaciones a unos puertorriqueños que cargaban muebles, libros, cuadros. El tipo se estaba yendo, mudándose a otro sitio, llevándose con él, sin darse cuenta, gran parte de la imaginación de Cosme. Y el chico sintió una extraña mezcla de alivio y vacío.

Al subir a su apartamento, su estúpida hermana lo encaró con una sonrisa nerviosa:
- Tu amigo el freak se muda...ja, ja! Deberías sentirte contento, no? Anyway, aquí dejó algo para ti, no se que será.....me da asco solo pensarlo.
Cosme miró a su hermana con odio, como siempre. Tomó el paquete envuelto en papel madera y se lo llevó a su habitación. Al abrirlo, se encontró con un CD con una tapa tenebrosa. Pensó que era demasiado, que el tipo se estaba divirtiendo con él aún cuando ya no le vería mas su asquerosa cara. El disco decía "Bone Machine"

Tomó el CD, lo colocó en el equipo, subió el volumen y esperó lo peor. Pero no. Se sintió reconfortado. Había una nota manuscrita que decía: "Para que no extrañes tus noches de pasillo, firmado: Jacques". Y entonces los parlantes empezaron a escupir aquellos viejos conocidos acordes de Thomas Alan Waits en su más espléndida forma.
Y allí Cosme respiró, con su cabeza en paz, y empezó a hacer su tarea de matemáticas para la escuela.


2 comentarios:

Anónimo dijo...

gran metáfora sobre la relación maestro-aprendiz

genial lo de los "villancicos de ultratumba"

ya se extrañaban estos posts, por suerte mantuvieron el nivel!

FREAKO

Anónimo dijo...

por fin alguien utiliza a Tom Waits para una buena causa.